Valdivia y a la bahía del Puerto de Corral se constituyó en un eslabón inapreciable entre la capital del Reyno de Chile y el estrecho de Magallanes, llegando a ser este puerto, el baluarte más codiciado del Pacífico llamado “Antemural” y “La llave del Mar del Sur”.
Por su situación fluvial cercana al Océano Pacífico, la necesidad de defenderse de corsarios por el mar y los continuos ataques indígenas desde el interior, el colonizador debió levantar un complejo sistema defensivo de fuertes y castillos.
Así nacieron a partir de 1645 los castillos de Mancera, Corral, Niebla, Amargos y Cruces, y las fortalezas San Carlos, El Molino, Chorocamayo, Baides, El Inglés, Piojo y Carboneros.
Los fuertes de Valdivia son una de las estructuras de defensa hispánicas más importantes de Sudamérica.

Las principales fortalezas fueron emplazadas en la Isla Mancera, en Niebla y en Corral y constan de baterías de cañones y de acabados trabajos de piedras en fortalezas diseñadas para el combate a cañonazos. Su estructura y diseño general no difiere de las construidas en Europa para similares propósitos entre los siglos XVI y XVIII.
Los fuertes fueron diseñados y dirigida su construcción por ingenieros militares españoles directamente provenientes de la península, pero fueron ayudados en sus menesteres por técnicos y constructores criollos, ya que entonces Chile contaba con instituciones técnicas importantes. La mano de obra fue provista por presidiarios provenientes de todo Chile e incluso en algunas ocasiones desde las cárceles de Lima e incluso Quito. En otras ocasiones, las menos, se utilizaron obreros pagados. En su construcción no se empleó mano de obra esclava de origen nativo ni menos negra.



